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martes, 10 de septiembre de 2013

Sé que volverás a buscarme, pero jamás me encontrarás...

No imaginé ni por un segundo, gitana, esto de tu ausencia y silencio; es como si te hubieras ido al cielo y no me doy cuenta aún que debo guardar luto por tu partida final. En verdad, no me lo esperaba. No dudé en entregarte mi ser, con la candidez de un adolescente (una equivocación que hoy estoy pagando muy caro). A las mujeres como tú (que viven estaciones de placer y diversión) no les interesa dejar heridos de amor en ciudades como ésta desde donde yo te escribo. Pero, sabes, gitana, todo se paga en esta vida. El dolor que causas es el mismo dolor que te alcanzará en algún momento. Es el karma.


Este día ha hecho un sol primaveral por aquí.
He abierto los ojos y la niebla de tu presencia ha desaparecido. Tu voz de gitana andaluza se está diluyendo en mi imaginación, y casi ya no recuerdo el tono ni el timbre de tus palabras. Así debe ser. El dolor debe ser mitigado con el olvido. ¿Te acuerdas cuando te dije que este amor viviría si solamente todavía me pensaras? ¿Si yo todavía te pensara, al despertar, o al atardecer? ¿Crees aún que te pienso a diario? ¿Cómo puedes pensar eso después de lo que has hecho, después de lo que haces?
En verdad, gitana, te digo que no volveré a caer en tus redes de ninfa. Sé que algún día volverás a llamarme. Sé, también, que te he de cortar el teléfono. Sé que volverás a escribirme. Sé, también, que no volveré a dirigirte la palabra. Sé que vendrás a buscarme. Sé, también, que no me encontrarás. Sé que llorarás. Sé, también, que yo volveré a reír, alegre y feliz como fui siempre. Sé, tantas cosas, gitana, como desaparecer de este mundo para ti. Sé, también, que nadie nunca más ablandará mi corazón; aunque me prometan adorarme de rodillas y decir que soy el único a quien aman.
Sabes, gitana, ya no les creeré.
Así como no te creo a ti.

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